galletas a pares
Una servilleta de papel, medio paquete de galletas cuadradas —siempre las habían llamado así en casa cuando lo cierto es que eran rectangulares— y un vaso de leche semidesnatada caliente esperaban sobre la bandeja de propaganda de Coca-Cola con una ilustración de bañistas de inspiración vintage posada, con una inclinación que no amenazaba desastre, sobre unas piernas cada vez más consumidas y ocultas bajo la colcha azul celeste, de un tejido brillante, de la cama.
El hijo estaba tumbado a su lado enfundado en un viejo pijama, salpicado de bolitas formadas por el uso y el roce del propio tejido, y en dirección opuesta para poder verle la cara mientras desayunaba. Había llegado a un acuerdo en el trabajo que le permitía cambiar los días de vacaciones, correspondientes por convenio, por los lunes de cada semana hasta que llegara la recuperación o esa otra opción. Eso que no se nombra cuando una fuerza inesperada e invisible embiste todas las rutinas y prioridades, cambiándolas de sitio, y aprovecha el desconcierto para esconderse entre las costillas de cada habitante de una casa. Esa fue la única forma que encontró de prolongar sus estancias en el pueblo. No podía dejar el trabajo porque también necesitaba el sueldo.
La luz aún era cálida y suave al otro lado de la ventana. La madre entró en la habitación con diligencia y levantó del todo la persiana con un solo tirón. Acto seguido comenzó a ordenar los medicamentos de la toma matutina sobre la mesita de noche.
Esa mañana solo existía esa luz reflejada en las cuatro paredes, la madre, él anclado con fuerza en ese presente y el padre comiendo galletas mojadas en leche caliente a pares, que le devolvía la mirada encogiéndose de hombros y sonriendo. Intuía que un mes más tarde no sabría qué hacer con los días de vacaciones que iban a sobrarle.




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